CONEXIONES HUMANAS, LÍMITES Y BIENESTAR: EL RETO DE RELACIONARNOS MEJOR

CONEXIONES HUMANAS, LÍMITES Y BIENESTAR: EL RETO DE RELACIONARNOS MEJOR

Conexiones humanas, límites y bienestar: cómo mejorar nuestras relaciones

Cristina Santolaria

docentes

Las conexiones humanas y los límites son hoy uno de los grandes retos cuando hablamos de bienestar emocional.  En este sentido cada vez parece más difícil convivir, entenderse y sostener relaciones sanas. El verdadero reto quizá no sea solo protegerse de los demás o practicar lo que se suele llamar «aprender a poner límites», sino desarrollar una forma más consciente de relacionarnos. Así las cosas, construir conexiones humanas más claras, más honestas y más equilibradas se ha convertido en una necesidad urgente.

En este contexto, la palabra “límite” se ha convertido en una de esas expresiones que parecen servir para todo. Se utiliza cuando alguien se siente invadido, cuando una relación pesa, cuando un vínculo duele o cuando aparece la sensación de falta de respeto. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre qué significa realmente poner límites y, sobre todo, para qué los estamos utilizando en nuestras relaciones.

En la vida real, poner límites rara vez es tan simple como repetir una consigna. No consiste solo en decir “hasta aquí”, ni en endurecerse, ni en reaccionar de forma brusca. Muchas veces consiste en algo bastante más complejo y más humano: dejar de soportar una situación que se vive como incómoda, injusta o irrespetuosa, sin quedarse atrapado ni en la culpa, ni en el victimismo, ni en la queja automática. Y ahí empieza lo difícil.

Porque no siempre el problema está únicamente en el otro. A veces sí: hay conductas invasivas, tratos desconsiderados, modos de ejercer la autoridad que humillan o relaciones que desgastan de forma evidente. Pero otras veces conviene indagar más. Tal vez la persona ha cedido demasiado terreno o no ha sabido expresar a tiempo lo que le pasaba. Tal vez interpreta como falta de respeto algo que necesita ser mirado con más matices o es cuestión de diferencias de sensibilidades. Tal vez no está viendo qué parte de la escena también le corresponde revisar.

Por eso, hablar de límites exige más profundidad. No basta con preguntarse qué me están haciendo, también conviene preguntarse: qué está ocurriendo aquí, qué parte corresponde al otro, qué parte me toca mirar a mí, cómo he llegado hasta este punto y qué recursos necesito desarrollar para no seguir sosteniendo esta situación de la misma manera.•

No siempre “el otro” es el único problema

Una de las simplificaciones más frecuentes en torno a los límites consiste en convertir al otro, de entrada, en el único o la única responsable del malestar. A veces lo es, sin duda. Pero no siempre.

Esto puede ocurrir en el trabajo, en la pareja, en la amistad y también en la familia. Hay personas que dicen que necesitan poner límites a un hijo/a. La realidad es que, en ocasiones, no sucede porque sea “intratable”, sino porque no saben cómo situarse ante una conducta que les desborda.; están faltas de herramientas. Otras sienten que tienen que poner límites a un jefe o jefa; pero antes de llegar a esa conclusión conviene mirar si hay una falta de respeto real, una mala gestión del vínculo o también una parte propia que requiere revisión: excesiva permisividad, imprecisión, susceptibilidad, impertinencia o dificultad para sostener una posición clara.

Hablar de límites, por tanto, no debería llevarnos solo a señalar. Debería llevarnos también a comprender la dinámica completa. Ese matiz importa mucho. Porque si una persona mira la situación solo desde el agravio, corre el riesgo de empobrecer la escena. Y cuando la escena se empobrece, también se empobrecen las posibilidades de respuesta.

La necesidad de “poner límites” no empieza cuando la situación explota

Uno de los grandes malentendidos sobre este tema es pensar que poner límites es algo que suele llevarse a cabo cuando ya la situación está causando problemas. Lo más efectivo es la prevención de momentos críticos. Se trata de ser asertivo/a cuando una persona detecta a tiempo que algo le incomoda:

  • Cuando no deja pasar determinadas situaciones.
  • Cuando nombra con claridad una necesidad.
  • Cuando no cede siempre por miedo al conflicto.
  • Cuando corrige una pequeña invasión antes de que se convierta en costumbre.

Hay personas que no suelen decirse a sí mismas “tengo que poner límites”, porque los han ido poniendo sin dejarse invadir. No desde la dureza, sino desde una colocación más natural, más clara, más serena. Otras, en cambio, llegan tarde a ese momento. Han soportado demasiado. Han esperado demasiado. Han confiado en que el problema se resolvería solo. Y cuando por fin sienten que algo no puede seguir así, ya no están en una fase preventiva: están en la fase de la angustia. Ahí aparece la culpa. Y con frecuencia también la sensación de pequeñez. Lo veo mucho en mis sesiones.

 

Torear la situación: la metáfora del toro

En muchos procesos, el coaching se integra con herramientas de Psicología Positiva, centradas en el desarrollo de fortalezas personales, el bienestar emocional y la construcción de una vida con mayor sentido. Los 5 pilares del bienestar son la guía que actúan como un verdadero termómetro de tu situación actual. Este enfoque permite trabajar no solo objetivos externos, sino también la satisfacción personal y la coherencia interna.

Hay una metáfora que me parece especialmente poderosa para comprender este asunto, y quiero formularla con mucho cuidado. Estoy totalmente en contra del sufrimiento animal y no defiendo en absoluto el toreo como práctica que implique herida, crueldad o muerte. Lo que me interesa es la fuerza simbólica de la imagen. Porque hay situaciones humanas que se parecen mucho a tener delante un toro con cuernos: algo que impone, que viene con fuerza, que tiene puntas, que puede herirte. Puede ser un jefe o una jefa autoritarios, una compañera o compañeros  invasivos o puede tratarse de un conflicto familiar. También puede suceder con un hijo/a al que no sabes cómo sostener. A veces sucede con una relación en la que sientes que algo te embiste y no sabes cómo colocarte sin salir dañada.

Y ahí estás tú. Con la sensación de estar sola/o ante el peligro. Con toda una plaza mirando. Con miedo al juicio, al error, a quedar mal si hablas, si callas, si corriges o si dudas. Y con muy pocos recursos visibles: apenas un palo y una tela. Es decir, tus fortalezas, tu conciencia, tu lenguaje, tu templanza, tu manera de observar y de entrar en la escena.

Por eso esta metáfora me parece tan apropiada. Porque poner límites no siempre consiste en atacar, ni en endurecerse. Muchas veces consiste en torear la situación: leer el movimiento, medir la distancia y no situarte justo donde más daño pueden hacerte. Ahí cambia todo.

Ya no se trata solo de frenar al otro, se trata de aprender a colocarse y de no entrar al trapo de cualquier manera. No hablo de quedarse quieta/o esperando el golpe o de ganar posición sin perder dignidad. Porque el significado de esta metáfora no está en dominar, sino en la colocación. En saber estar ante una fuerza que intimida sin dejarse arrasar por ella.

 

El desafío de trabajar la actitud ante las circunstancias

Aquí resulta útil remitirnos a Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y fundador de la logoterapia. Su pensamiento giró en torno a una idea central: el ser humano no siempre puede elegir las circunstancias que le tocan, pero sí puede trabajar la actitud y la respuesta con la que las afronta. Y eso encaja de lleno con este tema. Porque no siempre se puede cambiar de inmediato al jefe, al familiar, al compañero o la escena conflictiva; pero sí puede trabajarse el espacio interior entre lo que pasa y la forma de responder. Y ese espacio no aparece solo: se entrena.

¿Cómo se entrena este modo de respuesta?

  • Observando antes de reaccionar.
  • Revisando interpretaciones.
  • Aprendiendo a no responder siempre desde la herida.
  • Decidiendo desde qué posición quiero estar en una relación.

Fortalezas: el músculo invisible del límite

Aquí la Psicología Positiva aporta una mirada muy útil. Martin Seligman, uno de sus principales impulsores, defendió que el bienestar humano no consiste solo en aliviar el sufrimiento, sino también en desarrollar recursos internos valiosos. Su trabajo sobre fortalezas del carácter abrió precisamente esa vía: entender que hay capacidades humanas que pueden identificarse, cultivarse y ponerse al servicio de una vida más consciente y más sólida. Esto encaja perfectamente con el aprendizaje de los límites. Porque poner límites sin culpa rara vez depende solo de saber qué decir. Depende de tener con qué sostener lo que una persona dice, o incluso de saber cómo no dejar que la situación llegue a desbordarse.

A veces hace falta:

  • Valentía, para abordar una conversación incómoda.
  • Templanza, para no responder desde la herida.
  • Prudencia, para medir el momento y el tono.
  • Perspectiva, para no leer toda tensión como un ataque.
  • Autocontrol, para no quedar atrapado en la impulsividad.
  • Honestidad, para reconocer la parte propia en una relación que se ha deteriorado.

Las fortalezas, en este sentido, no son una teoría decorativa. Son el músculo invisible que permite sostener la posición sin caer ni en la agresión ni en la sumisión.

Valores: desde dónde quiero responder

Si las fortalezas permiten sostener una acción, los valores permiten orientarla. Simon L. Dolan, uno de los autores más vinculados al enfoque de la gestión y el coaching por valores, ha insistido en que los valores no son palabras bonitas, sino criterios que guían decisiones, prioridades y conductas. No son un adorno. Son una brújula. Y eso cambia por completo la conversación sobre los límites.

Porque no se trata solo de pensar: qué no quiero que me hagan, también se trata de preguntarse: desde qué valor quiero responder. ¿Desde la dignidad? ¿Desde la claridad? ¿Desde la prudencia? ¿Desde la justicia? ¿Desde el respeto? ¿Desde la serenidad?

  • No es lo mismo responder desde el orgullo herido que desde la dignidad.
  • No es lo mismo reaccionar desde la rabia que actuar desde la claridad.
  • No es lo mismo callar por miedo que elegir conscientemente el momento oportuno para intervenir.

Los valores sacan a la persona del automatismo. Le permiten no solo defenderse, sino elegir quién quiere ser dentro de esa escena.

Comunicar sin humillar: la aportación de Rosenberg

A todo esto se suma una aportación especialmente valiosa para este tema: la de Marshall Rosenberg, psicólogo y creador de la Comunicación No Violenta. Su enfoque parte de una intuición poderosa: detrás de muchos conflictos no solo hay mala intención, sino necesidades no comprendidas, formas torpes de expresarse y dificultades serias para escuchar sin ponerse a la defensiva. Eso no significa ingenuidad. No significa negar el daño. Significa algo más práctico: salir de la lógica simplista de ataque y defensa.

Desde la perspectiva de Rosenberg, poner límites no tendría por qué consistir en imponerse ni en castigar, sino en aprender a expresar con claridad lo que una persona necesita, lo que no puede seguir sosteniendo y lo que espera de la relación. Ese cambio de enfoque es importante, porque obliga a afinar el lenguaje y a colocar el límite no como una descarga, sino como una forma de comunicación consciente. Y esto conecta muy bien con una idea central del artículo: “poner límites” no es solo frenar. Es también comprender, nombrar y situarse.

Jefes, hijos, familia: ninguna escena es idéntica

Uno de los motivos por los que este asunto exige tanto entrenamiento es que no hay una receta única. No es lo mismo una jefa brusca que un hijo que desborda, ni un compañero impertinente que una relación familiar cargada de historia. En unos casos habrá una falta de respeto clara. En otros, una dificultad propia para conseguir un respeto desde la serenidad. En otros, una mezcla de ambas cosas.

Por eso cualquier abordaje maduro de los límites debería incluir una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estoy viendo solo lo que el otro hace o también lo que yo aporto a esta dinámica? No para culpabilizarse, ni para justificar al otro, sino para recuperar capacidad de acción.

Porque si todo depende exclusivamente de los demás no hay aprendizaje posible. Pero si una persona revisa su posición, su forma de comunicar, su nivel de permisividad, su tendencia a interpretar o su modo de entrar en ciertas escenas, entonces aparece algo muy valioso: margen de maniobra.

Poner límites sin culpa no es volverse más intransigente

A veces se presenta el límite como una demostración de firmeza casi teatral. Pero, en realidad, muchas veces no va por ahí. Poner límites sin culpa tiene más que ver con una presencia interior que con una pose. Tiene que ver con dejar de soportar lo que hace daño y de no seguir tolerando lo que desordena

También significa:

  • Revisar qué parte de la escena requiere autocrítica.
  • Mirar desde el punto de vista del otro.
  • No dejarse invadir por costumbre.
  • Aprender a estar en la situación con más conciencia y más recursos.
  • Significa madurez y responsabilidad.

Una invitación final

Si te reconoces en estas situaciones —si sientes que soportas demasiado, que te cuesta expresarte, que aparece la culpa cuando intentas defender tu espacio o que no sabes bien cómo colocarte ante ciertas personas— quizá no necesites una fórmula rápida, sino una mirada más profunda sobre tu caso.

En mis sesiones de coaching ten BIlbao y también online, trabajo precisamente desde ahí: indagando cada situación con detalle, revisando patrones, activando fortalezas y clarificando valores para que la persona pueda comprender mejor lo que vive y aprender a situarse con más seguridad, más conciencia y más sentido.

Puedes conocer más sobre mi trabajo en: www.cristinasantolaria.com